Introducción

En las últimas décadas estamos asistiendo a profundos cambios en el campo de los cuidados de la salud, justificados fundamentalmente por el incremento de las enfermedades de evolución crónica y por la existencia de un mayor número de población en edad avanzada.

En un contexto sanitario evolucionado como el nuestro, con elevada tecnología y enormes logros conseguidos en el control de enfermedades, se ha prolongado la supervivencia instaurándose procesos crónicos con tiempo real para la vivencia anticipada de la muerte y el afrontamiento de las pérdidas y deterioros físicos.

A este panorama se unen los cambios producidos en el entramado social que ya no proporciona el soporte tradicional y la compañía de la familia en la situación terminal.

Existen por el contrario demandas sociales que exigen intervenciones profesionales orientadas a conseguir mayor calidad de vida y apoyo real.

Las enfermeras tenemos contactos con pacientes en situación terminal en todos los niveles del sistema, y con nuestras actuaciones nos hemos convertido en un elemento clave a la hora de que el paciente y su familia se enfrenten de una manera menos dolorosa a la muerte y decidan el lugar más apropiado para morir.

La influencia de determinados factores como la carencia de formación, las actitudes de incomunicación, evitación y huida, inexistencia de conocimientos que permitan una intervención eficaz en el control de los síntomas, están condicionando la forma de abordar esta etapa de la enfermedad y la complejidad de la muerte, que es frecuentemente reconocida como generadora de importante estrés para el equipo de enfermería.

Es decir, que el nivel de conocimientos y habilidades y la actitud personal para el afrontamiento de la muerte, va a condicionar mayores o menores dificultades proporcionalmente a la preparación obtenida.

Objetivos